Playa de Itamambuca, mar y verde en Brasil
“La Playa de Itamambuca es fantasmagórica. Cuando anochece comienzan a aparecer matices tenues y una neblina que se impregna. Atardece, cielo amplio y degradé. Nubes con formas , grises, lilas. Truenos entre los morros. Me gusta el barullo del mar de la Playa de Itamambuca. Fuerte, casi tapa los oídos. Hay una brisa fría y mucho verde, los cangrejos corren. La playa se vacía, de a poco. Sólo quedan los surfistas en el mar.
A la noche las luciérnagas. En la calle de la Playa de Itamambuca no hay luz, oscuridad y el tintineo brillante. Silencio, el verde en la sombra.”
Mi cuaderno floreado de tapa dura guarda esas palabras de los días que pasamos con mi novio en la Playa de Itamambuca en Brasil el noviembre pasado. Era la segunda vez que visitábamos esa playa de la región norte de Ubatuba (a unas 3 / 4 horas de São Paulo) y no dudo que volveremos a ir.
La Playa de Itamambuca es verde, mar transparente y tranquilidad. Una área extensa de arena y morros que la contornean. Casas bajas, un mini-mercado, surf y enredaderas con flores.
Vivir en São Paulo me acercó al mar, literal. Hay playas a una hora de distancia (como Guarujá) y otras a unas tres horas (como la región de Ubatuba, donde queda la Playa de Itamambuca, en el litoral norte). Bellas playas y mata atlántica. Para mí, una novedad: el verde y los morros al lado de la playa son algo a lo que no estoy acostumbrada ya que la costa argentina y la uruguaya (que fueron las que más visité hasta ahora) son bien diferentes. Y qué feliz combinación.
Y la Playa de Itamambuca es sin duda una de mis preferidas. No sólo por sus atardeceres fantasmagóricos, toda ella respira cierto aire mágico. Los colores, la brisa húmeda y caminar por las calles de números. Los jardines de senderos, el mar turquesa y las olas gigantes.
Tiene cierto aire rústico, despreocupado, que consigue hacerme sentir a vontade. A veces siento que no somos nosotros que elegimos a los lugares, son ellos que nos eligen a nosotros.
Los días de noviembre fueron sanadores, recargaron energías y respiraron tranquilidad. Los pies en la arena calentita de la Playa de Itamambuca, sumergirse en las olas y secarse al sol.
¿Qué más se puede pedir?
